Tico Feo no caía bien a todos los presos. Debido a que sentían celos de él, o por motivos más sutiles, los había que contaban del joven cosas horribles. Tico Feo no parecía enterarse de nada. Cuando los demás presos se reunían a su alrededor, y él comenzaba a tocar la guitarra y a cantar, se le notaba que se sabía querido. La mayor parte de los presos le querían; esperaban a que llegase la hora libre que tenían entre la cena y el momento en que apagaban las luces, y le decían:
- Tico, toca algo.
No se daban cuenta de que, luego, reinaba una tristeza peor que nunca. El sueño les sorteaba de un salto, como una liebre, y sus miradas se quedaban pensativamente prendidas de los destellos del fuego que ardía tras la rejilla de la estufa. Mr. Schaeffer era el único que comprendía el porqué de aquella turbación, porque también él la sentía. Se debía a que su amigo había hecho revivir los ríos fangosos poblados de peces, el brillo del sol en el cabello de una mujer.

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